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Cofradía de Penitencia del Santísimo Cristo de la Buena Muerte y María Santísima del Mayor Dolor

fundada en Cádiz en 1894
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EL CRISTO DE LA BUENA MUERTE CONOCIDO EN EL ” SILENCIO” DEL MONASTERIO DE SILOS

En el claustro del Monasterio de Santo Domingo de Silos, junto a su célebre ciprés inmortalizado por el poema de Gerardo Diego, sule ponerse a pintar, invierno tras invierno, un magnífico artista valenciano llamado Ramón Adelantado. Pintor y escultor, hombre de profunda fe y sabio en ejercicio, fue él quién me habló por primera vez de la excelsa imagen del del Santísimo Cristo de la Buena Muerte.

Obra donada a la cofradía por Ramon Adelantado-2.008

Sucedió en la navidad de 2005, durante unos días de descanso en la Hospedería de ese místico templo del Silencio (Silencio….que propicia la atarxia del espíritu) como es el Monasterio (Abadía más bien) benedictina de Silos, en Burgos. ¡Vives en Sevilla, tan cerca de Cádiz!, me dijo Ramón. ¡Tienes que ur a ver la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte. Es una talla que está por encima de la perfección!, aseguraba. Me hablaba de esa imagen con verdadero entusiasmo, uniendo un aquilatado fervor a su conocimiento como escultor. Y fui. En Noviembre de 2006 fui a Cádiz expresamernte a ver esa imagen. No me costó moverme por la ciudad, pues la visité mucho durante los años de estudiante de náutica de mi hermano José Luis. ¡Esa imagen está en la Iglesia de San Agustín!, me indicó alguien por la calle. Vaya, San Agustín! Me eduqué en un colegio de los Padres Agustinos, y tal vez por eso siempre me interesó la vida de ese Santo, tan azarosa, tan filosófica, tan repleta de Confesiones, tan marcada por la conversión y por el descubrimiento y voluntario encuentro con la salvífica Palabra del Redentor. La Iglesia estaba cerrada cuando llegué a su puerta aquella tarde de sábado. No tenía información sobre horarios. Volví pasadas unas horas, y ya por fin estaban abriendo el Templo. Tuve el privilegio de estar solo en la Iglesia durante un buen rato. Iba por cada una de sus Capillas buscando esa perfecta imagen de un Crucificado tan respetuosamente descrita por el escultor Ramón en el silencio de Silos. Y por fin me puse a sus pies. No podía ser otra la imagen del Santísimo Cristo de la Buena Muerte que aquella elevada talla que transmitía (me transmitía) un mensaje de calma, de paz verdadera, de despego de lo mundano, de comprensión, de buen fin, de silencio interior. El Hijo de Dios clavado en la Cruz, ya muerto. La imagen fiel del cuerpo de un hombre voluntariamente entregado como víctima sacrificial en acto de amor hacia los hombres. Y cerca de esa sobrecogedora imagen de Cristo, encontré la de su Madre. Imagen presentada con supina categoría; imagen de la aceptación ante la muerte, imagen del sufrimiento. Me informé, y supe que su advocación es la de María Santísima del Mayor Dolor. Advocación idónea, certera por cuanto refleja en su rostro el desgarro infinito de la injusta muerte del Hijo. Regresé a Sevilla con la sensación de ser un privilegiado por haber visto esas imágenes que tanto representan. Y, pasado el tiempo, quise verlas de nuevo pero por las calles de Cádiz. Y fui expresamente el Viernes Santo del año 2007. La Plaza de Mina comenzó a quedarse a oscuras. En la acera, una mujer explicaba a su hijo pequeño que “iba a pasar el Señor muerto y que se apagaba la luz porque es la cofradía del Silencio”. ¡El Silencio!, me dije. De modo que la llaman así! ¡Curioso que conociese de esta imagen “en el Silencio” del Monasterio de Silos!. Y me impresionó el procesionar de la cofradía. He visto mucha Semana Santa de muchos lugares de Andalucía. Y son los detalles los que indican el auténtico carácter de cada hermandad. Me quedé maravillado por la compostura y orden de los penitentes, por la alineación de sus filas de velas y secciones, por la correcta distribución de sus insignias, por tantos pies descalzos que vi, por los símbolos de la cofradía determinados por esa sencillez que solo brota de lo auténticamente majestuoso, por la música de capilla que rasgaba el silencio, por la de penitentes que iban con el Hijo de Dios en la Cruz, por la de señoras de negro que le seguían con tanta ordenada devoción, por el perfecto transcurrir de los penitentes que precedían a María Santísima del Mayor Dolor, por la elegante cadencia del caminar de su paso de palio, por su sacro despliegue de luz de cera. Impresionante. ¡Es lo más perfecto que he visto nunca! ¡Este es el genuino sentido y compostura de una verdadera estación de penitencia!, me dije. Y fue entonces cuando decidí solicitar mi admisión como hermano de esta cofradía. Sin conocer a nadie , sin saber nada. Y es para mi un inmenso honor ser recibido como hermano. Pero, principalmente, porque, me da la impresión que, por su seriedad, abolengo y por el clima de recogimiento espiritual que suscita, esta cofradía permite (puede permitir) que cada uno intente encontrar el verdadero y muy profundo sentido que anida en las advocaciones de sus Sagrados Titulares. La Buena Muerte es lo que pedimos para nuestros seres queridos y para nosotros mismos. Pero la Buena Muerte lo es por ser principio de Vida, pues lo fue para el redentor. La Buena Muerte será siempre el resultado de la fe verdadera. Pero la Buena Muerte no es aquella que se desarrolle encajando con nuestros deseos sino aquella que sea resultado de la Aceptación de la Voluntad del padre, sea cual sea, sea como sea. La Buena Muerte no es lo mismo que una muerte buena. Cualquier muerte terrenal será Buena si es entendida desde una genuina fe en Cristo, aceptando cualquier forma en que pueda darse, por dura que pudiera ser. Sufrir el Mayor Dolor en la propia muerte o por la de los nuestros seres queridos puede ser una condición previa de esa Buena Muerte. El ejemplo y consuelo de María Santísima es fuente de comprensión y ayuda. Meditar el acatamiento con el que Cristo asumió su sacrificio Salvador es fuente de sabiduría para nuestros días de mortales y tránsito para la verdadera Vida. La Buena Muerte es Vida futura. El Dolor es su condición para el tránsito. Así es como he conocido al Hijo del Hombre que acepta la Muerte. Así es como me he acercado al Cristo del Silencio, conocido en el silencio…

Un anónimo hermano